Daniel Dimeco

Escritor, dramaturgo y director de teatro


Madrid / 2015

Clara Santafé / Victoria Buenache / Rodolfo Sacristán (@ Luis Camacho)

Rodolfo Sacristán / Fran Calvo (@ Luis Camacho)

Daniel Dimeco es uno de los seis autores seleccionados para el I Ciclo El teatro se lee en la Berlanga organizado por la Fundación SGAE (29.05.2015)

Dramaturgia: Daniel Dimeco
Dirección: Daniel Dimeco
Elenco: Rodolfo Sacristán (János Novikov), Clara Santafé (Mathilda Zewitt / Anna Kozlova), Fran Calvo (Lavrenti Beria) y Victoria Buenache (Maria Panidze / Anna Kozlova)

Lectura dramatizada en la Sala Berlanga / Madrid 13.07.2015


DÉJAME SER LA SOMBRA DE TU PERRO

cartel

@ Pablo Ojea Cerredelo

Premio Mejor Equipo Artístico en el Festival de Teatro Joven de San Sebastián 2014
Premio Mejor Espectáculo, Mejor Autor y Mejor Actriz en el Festival de Teatro de Bilbao de 2014

Fragmento del texto de Déjame ser la sombra de tu perro

Un grito que mana de la soledad de sus protagonistas; una llamada de atención nacida del dolor, de la rabia, de la necesidad de rozar pieles queridas, de una palabra de cariño. Es la historia de siete personajes rotos, devorados por un bagaje existencial cruento. Seres humanos que batallan, torpemente o con malas artes, por obtener, mantener o recuperar los afectos perdidos. Un hombre y seis mujeres que se engañan a sí mismos, que esconden verdades o deciden ser brutalmente sinceros con los más cercanos.

A partir de las nueve de la noche, en un edificio de Madrid, una serie de acontecimientos llevará a cada uno de sus moradores (habituales y circunstanciales) hasta un punto álgido que acabará en un estallido. Dos cuñadas aristocráticas enfrentadas por el favor del anciano patriarca a punto de morir. Una madre viuda (aferrada a un portarretratos con la imagen de su marido) y una hija con graves problemas psicológicos que no consiguen acercarse y darse lo que ambas necesitan. Una profesora de baile clásico jubilada y su antigua alumna, que lucha contra un terrible secreto que la primera se niega a reconocer. Un dibujante psicópata que colecciona manos perfectas de mujeres a las que, previamente, selecciona y mata. Y una doctora que trabaja en Urgencias padece fobia a tocar a otros seres humanos y ha decidido crear un imaginario en forma de cabaret para sobrellevar las noches en el hospital.

Mientras los siete protagonistas se enfrentan a sus míseras realidades, en la escalera del edificio y alrededor de las dos de la madrugada, uno de ellos comete un crimen. Muerto y verdugo se hallan entre los siete personajes.

Género: drama
Escenas: 27
Personajes: 7 (6M y 1H)

Estrenada en el Teatro Principal / San Sebastián 20.01.2014
Estrenada en Sala Tú / Madrid 03.10.2014
Estrenada en Sala La Nao 8 / Madrid 17.01.15


LOS OJOS (COSIDOS)

Empresario 1

Sergio Guivernau (Foto: Carmen Garrido)

Un exitoso empresario textil acaba de llegar de un viaje de negocios por Asia. Nada más abrir la puerta de su casa, le suena el iPhone y es abordado por una periodista que trabaja para una cadena sensacionalista. La reportera está interesada en que confiese qué sabe acerca de una menor secuestrada en Bangladesh, poco después de que un edificio con talleres de costura, propiedad del empresario, se derrumbara ardiendo por el fuego.

Un monólogo irónico sobre la capacidad que tenemos para mentir, tergiversar realidades y/u ocultar lo más atroz. Un texto que nos hace reflexionar sobre nuestros prejuicios y los roles premeditados que asignamos a determinados personajes.

No hay mejor empresario que el que no quiere ver… ¿Y quién no lleva un empresario dentro?

Género: drama-microteatro
Personajes: 1 (1H)

En Sala Acting (09.08.2013)
Dirección: Ascen Caballero
Reparto: Sergio Guivernau

En Microteatro por Dinero (30.10.2013)
Dirección: Ascen Caballero
Reparto: Sergio Guivernau

PRENSA

Los ojos (cosidos) / Redacción Escena / Culturamas (30.10.2013)


LA MANO DE JÁNOS

La mano de János

Premio de Teatro Buero Vallejo 2010
Colección Premio Buero Vallejo
Patronato de Cultura Ayuntamiento de Guadalajara
ISBN: 978-84-87874-58-1
Año de edición: 2011

Obra seleccionada por Fundación SGAE para el I Ciclo El teatro se lee en la Berlanga

Fragmento de La mano de János

Rusia, 1938. El aliento de Siberia huele a miedo y sus fauces sorben trenes cargados de condenados, alimentando los barracones a cuarenta grados bajo cero. De un extremo al otro de la URSS sobrevuela el terror. En los sótanos de la Lubianka los fogoneros trabajan azuzando las ejecuciones y las purgas. Mientras, los sospechosos, reales o nacidos de la venganza, intentan burlar a la muerte traicionando a sus seres más cercanos con la vana esperanza de conseguir el perdón a su castigo.
János Novikov y Mathilda Zewitt encarnan una historia de amor en un tiempo en el que el menor desliz conduce a la muerte. Ambos son jóvenes y sueñan y ambicionan, pero la llegada de la poeta Anna Kozlova y el rechazo de Mathilda a las demandas de Lavrenti Beria, todopoderoso jefe de la policía secreta soviética, hacen que el castillo de naipes empiece a zozobrar.

Género: drama
Escenas: 18
Personajes: 5 (3M y 2H)

Lectura dramatizada en la Sala Berlanga / Madrid 25.05.2015
Estrenada en el Teatro Neos Kosmos / Atenas 20.01.2017


RED TEATRAL entrevista a Daniel Dimeco, autor de la obra ‘Mirando pasar los trenes’

Mariana Barcala entrevista para Red Teatral a Daniel Dimeco, autor de Mirando pasar los trenes, con motivo del estreno de la obra en Buenos Aires
Buenos Aires, 23 de noviembre de 2010

RED TEATRAL.- Asistimos al estreno y realmente nos impactó tanto desde su historia, como por la excelencia de sus personajes, la pregunta que me surge en principio es saber cómo nace este proyecto siendo que tengo entendido que estabas en España, y cómo fue la conexión con el grupo de trabajo.

DANIEL DIMECO.- El proyecto nació en el 2005 en España, donde vivo desde hace muchos años. La idea surge de obsesiones que tenemos los escritores. Una de mis obsesiones era trabajar con esa mirada ciega que tenemos todos los seres humanos hacia determinados hechos que suceden a nuestro alrededor, el horror y las miserias más increíbles. Así, poco a poco, los personajes de Mirando pasar los trenes van cobrando forma y a medida que todo se derrumba, desde el entorno en guerra hasta las vidas privadas e interiores de los personajes, algunos de ellos se aferran con uñas y dientes a esas miserias. El comerciar con el dolor ajeno, algo que no es nuevo, por supuesto, pero sí muy frecuente, lo vemos en la televisión a diario. Y el descubrir, en el lugar menos pensado, sin siquiera saber dónde está uno, quiénes son de verdad las personas más cercanas. Es un proyecto que nació con las ganas de que quien se acercara a la obra pudiera quedarse pensando en algo. Y los actores han hecho el trabajo fascinante. Me hubiera encantado trabajar más con ellos y con la directora, porque disfruto mucho trabajando con los actores a pie de escenario, pero el Atlántico de por medio nos impuso el contacto telefónico y por correo electrónico. La conexión surge desde el primer instante con muchísima fuerza, porque sentí que la obra estaba en manos de unas personas estupendas, de buenos artistas y grandes seres humanos y con eso me encontré cuando, por fin, los conocí en el Teatro El Búho de Buenos Aires.

RT.- Cuando fue escrito, lo realizaste en formato de pieza teatral o bien es una adaptación? A veces entre lo escrito y lo actuado hay una brecha que resulta difícil sortear, cuál es el mensaje que se transmite a tu criterio al ver la obra?

DD.- No, no es una adaptación. Nació como texto teatral breve y pocos meses más tarde acabó siendo la obra que es. El mensaje que transmite la obra montada en El Búho es fidelísimo con relación a la obra escrita por mí. Aunque, por supuesto, encima del escenario y con la fuerza que generan los actores el mensaje apunta directamente al pecho de los espectadores. Creo que nadie sale de la sala sin pensar que conoce a un/una Ofelia Takeda o, aunque no lo reconozca, verse en la piel de la fotógrafa.

RT.- ¿Alguien que te haya servido de inspiración?

DD.- ¿Alguien que me haya servido de inspiración? Nadie en particular y mucha gente. Quiero decir, los personajes no son el calco enteramente de nadie que yo conozca, pero como ellos somos todos.

RT.- Otro tema sería esa relación tan compleja de llevar a escena entre madre e hija, excelentemente lograda, nos podés contar un poco acerca de esto?

DD.- Las relaciones humanas son difíciles, lo sabemos todos. Y las relaciones entre madres e hijas mucho más. Además, cada relación madre-hija se asienta en códigos completamente desconocidos para los demás, lo mismo ocurre en una pareja. Pero entre una madre y una hija existe un acercamiento o un alejamiento con rasgos de dulzura y crueldad en partes iguales. Dulzura en cuanto al amor y crueldad en cuanto al dominio y al intento filial por zafar de ese dominio y de alejarse del modelo materno. La lucha puede ser cruenta. En el caso de la obra, la relación entre Ofelia y Anna tiene una evolución drástica, Anna se ve obligada por las circunstancias a “conocer” a su madre, a descubrir quién es de verdad. Lo anterior es en cuanto a la construcción dramática que yo hice, lo que se puede ver en el escenario es lo que se ha conseguido con el estupendo trabajo de Cristina Dramisino y Julieta Fernández bajo las directrices de Mª Esther Fernández.

RT.- Me restaría preguntarte: ¿Por qué recomendarías a la gente ver la obra?

DD.- Porque creo que la obra habla de temas que nos toca a todos, de relaciones humanas que vivimos todos y porque hay verdaderos momentos de dolor, de placer, de sentimientos que van y vienen. Puede gustar o no, pero nadie saldrá indiferente. Es una excelente puesta en escena que ha hecho Mª Esther Fernández.

Gracias Daniel por traer tu arte.

Mª Esther Fernández: “‘Mirando pasar los trenes’ es una metáfora sobre el ser humano”

Hilda Cabrera entrevista para Página/12 a la directora teatral María Esther Fernández a propósito del estreno de la obra del dramaturgo Daniel Dimeco.

Mª Esther Fernández (Foto: Sandra Cartasso)Para la directora, actriz y docente, la pieza de Daniel Dimeco, protagonizada por una fotógrafa ciega, refleja aquello de “ver lo que se quiere ver y ser ciego para el resto”. Y plantea una necesidad: “Lograr apoyo oficial para los independientes”.

“No hay nada que hacer en este pueblo, sólo disparar contra el vecino.” Quien lo dice es el personaje en torno del cual gira la tensa y reveladora situación que retrata Mirando pasar los trenes, obra premiada del narrador, director y autor teatral argentino Daniel Dimeco (La desesperación silenciosa, Al sexto día, Ojos de sal, ¿Son los días felices?, El ángel azul, La sonrisa de los alcaravanes) que la directora María Esther Fernández presenta en el Espacio Cultural Teatro El Búho. Ese personaje es una ciega convertida en fotógrafa de éxito, rareza que enmascara una ferocidad sin freno. Su triunfo mayor ha sido transformar a su hija en lazarillo: la muchacha es quien la coloca delante del agonizante y guía su pulso. En esta historia, la ciega (que interpreta Cristina Dramisino) llega al pueblo del cual partió siendo muy joven, porque allí “no había qué hacer”. Pero en este presente algo ha cambiado, y la favorece: reinan el despotismo, el hambre y el asesinato. “La guerra convirtió a este pueblo en un sitio interesante. Vamos a hacer unas fotos magníficas con el horror de esta gente”, confiesa la mujer a su hija Anna Harper (Julieta Fernández) y Rodrigo Jiménez, el muchacho a cargo de un bar despoblado de gente, alimentos y bebidas, que compone Miguel Angel Villar. El texto de Dimeco atrapa, como sedujo antes a Fernández, cuando la directora decidió incluir esta obra en la programación del espacio de Tacuarí 215, que codirige con Nathan Cusnir.

Dispuesta a obtener lo que desea dentro del ámbito teatral independiente, Fernández –también actriz y docente– no titubea cuando se trata de participar en convocatorias al diálogo. Asistió últimamente al debate abierto sobre “la construcción de una Ley Nacional de Cultura” que presidió el diputado socialista Roy Cortina. Circunstancia en la que se refirió, entre otros temas, “a la necesidad de lograr apoyo oficial a la difusión del trabajo de los independientes entre universitarios y obreros de todo el país”.

–¿Cómo se captan esos sectores?

–Con ganas y organización. Trabajé durante años en el Interior, y sufría cada vez que llevaba a un artista con nombre y trayectoria. Me veía obligada a regatear, incluso cuando presentaba a Alfredo Alcón, que hacía su trabajo sin pedir nada. Eso no me parecía justo. El ha sido siempre una persona generosa, pero estaba mal que no se lo reconociera. Ahora sucede lo mismo con otros artistas. Pasaron los años y todo sigue igual. Parece que alguna gente vive clonándose.

–¿Conocía esta obra de Dimeco?

–Todos los años, desde la apertura de El Búho, realizamos un concurso de obras de autores argentinos o extranjeros residentes en el país. Soy parte del jurado, junto a las autoras Beatriz Mosquera y Alicia Muñoz. El primer premio es la puesta en escena, y para las menciones (dos) se hace el semimontado. Mirando pasar los trenes fue primer premio en 2009. Dimeco se fue del país a los 30 años. Desde 2002 vive en España. Es licenciado en Ciencias Políticas (UBA) y obtuvo un master en Gestión Cultural, en el Instituto Universitario de Investigaciones Ortega y Gasset, de Madrid. Trabajó en las embajadas de Argentina en la Unesco, en Copenhague, Madrid y otras ciudades europeas. Esta obra quedó finalista en un concurso internacional realizado en Barcelona, y para nosotras fue un descubrimiento.

–La ceguera de Ofelia Takeda provoca. ¿Qué quiso destacar en su puesta?

–Esta es una metáfora sobre aspectos propios del humano: ver lo que se quiere ver y ser ciego para el resto. El autor ironiza sobre la ceguera de Ofelia. Podemos pensar incluso que no es real cuando coloca esta situación en el campo del absurdo. Ella retrata a un pájaro o a un hombre que agoniza y pregunta a la hija si está enfocando bien. Sabe que esas imágenes son codiciadas, y mucho más si provienen de alguien que se encuentra o vive en un país en guerra. Por eso regresa a su pueblo.

–¿La afirmación “veo lo que quiero” es una impostura socialmente aceptada?

–Lo es cuando da dinero y prestigio, como a Ofelia, que mantiene esa actitud hasta que su hija descubre el engaño y la enfrenta. Mi intención es mostrarla como un personaje trágico. Por eso, en algún momento, se desespera y no soporta el amor de su hija porque ella es incapaz de transmitir amor. La imaginaba semejante a las malvadas que componía María Rosa Gallo.

–¿Trabajó con María Rosa?

–Cuando salí del Conservatorio, debuté con ella y con Alfredo Alcón en Orfeo desciende, de Tennessee Williams. Dirigía Osvaldo Bonet. Después integré el elenco de Rashomon, que dirigió Carlos Gorostiza, en el Teatro San Telmo (Chacabuco y Estados Unidos). Era un elenco importante, con Jorge Rivera López, Pepe Soriano… Organicé espectáculos, también al aire libre, en el Parque Rivadavia, con escenografía de Saulo Benavente. Actué en Amoretta, de Osvaldo Dragún, protagonizada por María Rosa y dirigida por Ernesto Bianco. Tengo muchos recuerdos de Norman Briski, Susana Rinaldi, Bonet y su padre, Carmelo, y de la española María Casares, que actuó en el país. Recuerdos muy lindos.

–¿Pensó escribir sobre esa época?

–No, pero estoy agradecida por haber conocido a gente como Casares, Margarita Xirgu –que realizó una hermosa puesta de Yerma, de Federico García Lorca, donde actué–; a Milagros de la Vega y Alejandra Boero, con quien conversábamos mucho. Conocí a Antonio Cunill Cabanellas (actor, maestro y director catalán), aunque no fui su alumna, porque cuando llegué a cuarto año del Conservatorio, él se retiró. Fui una especie de “alumna de conversaciones”. Otra persona querida es Dora Corti, profesora de psicología. Cuando ella entró al Conservatorio ya se había recibido en la UBA con medalla de oro. En aquellos años se estudiaba caracterología y psicología aplicada al teatro. Dora había estudiado cuatro años con Cunill para poder dar clases en el Conservatorio.

–¿Cuál fue su experiencia como docente?

–Me fui tres veces del Conservatorio, porque los estudios no eran ni la sombra de lo que yo pensaba que debían ser. Cuando señalé qué cosas debían cambiarse, me contestaron que no se podía. No es bueno que haya profesores eternizados y no exista un programa pensado para la realidad del país. Sin posibilidad de contratar nuevos profesores y acercar nuevas ideas, los estudios son letra muerta. Tuve la suerte de viajar y visitar escuelas de Londres. Los estudios eran rigurosos y muy completos. Aquí se ha juntado todo y mal, ni el edificio del IUNA (Instituto Universitario Nacional de las Artes) está en condiciones.

–¿Continúa con los talleres en El Búho?

–Los alumnos me han dado mucha felicidad: damos clases a gente joven y adultos que en algún momento dejaron la actuación o quieren respirar otro aire. En el teatro también da clases la actriz y cantante Miriam Martino, con quien presentamos varios espectáculos: Mujeres del Bicentenario, y Chabuca, Eladia y Violeta (las últimas funciones serán el sábado 9 y 16, a las 19); El mundo de María Elena, que se presentó en el Teatro La Comedia; Pasión y Coraje, Ciudad y Tango, y El Tango y su gente.

Página/12
Buenos Aires, 9 de octubre de 2010


El equilibrio entre lo absurdo y lo real

Daniel Dimeco para Diario Perfil (Buenos Aires, 9 de octubre de 2010)

Diario Perfil
Buenos Aires, 9 de octubre de 2010

Los escritores, como las demás avis del corral, las que gastan vidas en apariencia normales, también tenemos nuestras obsesiones, que van desde las más oscuras a las más blancas y que, felizmente, conseguimos triturar gracias a la afición de escribir. Somos asesinos potenciales contenidos. Las obsesiones que se convierten en obra de arte son las de los genios, las de los grandes, de aquellos que de no haber escrito habrían cometido una masacre.

Lo que me une con ellos, con los grandes, es la fascinación circunstancial o crónica por un tema que surge a modo de pulsión sanguínea, como una necesidad compulsiva por desprenderme de él para no morir ahogado.

En dicha esfera se hallan los sonidos. Algunos son capaces de instalarse en mi cabeza hasta convertirse en un tañer constante, acompasado, alegre o angustioso. Es lo que me ocurrió con los trenes, con los antiguos, como el de la maravillosa película Europa, de Lars von Trier, o el Transiberiano y que tanto alimentaron la escritura de Mirando pasar los trenes. Una y otra vez se sucedían en mis recuerdos las ruedan de esos convoy rolando sobre los aceros, partiendo de una estación a veces desconocida y con destino a alguna parte, al desierto, como metáfora de lo inabarcable, agreste y desconocido.

¿De dónde parten esos trenes en la obra? ¿A qué estación se dirigen? ¿Qué hace allí un muchacho de 23 años con un arma en la mano? ¿Por qué motivo Ofelia Takeda, una fotógrafa ciega y millonaria, acompañada de su hija adolescente, se baja en esa estación? En la misma estación de trenes donde los espectadores están sentados, mirándolos pasar, así, como si nada…

La guerra. Cualquier guerra: entre países, guerras civiles, guerras entre bandas, el decidir sobre la vida o la muerte de los demás, el comerciar con el horror esculpido en sangre, el aprovecharse del Poder, el creer que el derecho de uno está por encima del ajeno. Y el coro de ciegos mirones, pasivos corderos por conveniencia o comodidad.

Mi intención fue que la obra no discurriera exclusivamente por el camino del realismo más absoluto, sino que pretendí acariciar el absurdo y el realismo por partes iguales, trabajando los vicios y las virtudes de sus personajes.

El personaje de Ofelia Takeda es el de una madre, pero ante todo es ambición, es objetivos marcados con el apasionamiento del impiadoso, es una trabajadora incansable en el cuesta arriba del día a día. ¿Hasta dónde está dispuesta a avanzar? Éste y los demás personajes de Mirando pasar los trenes fueron tomando cuerpo, fueron desarrollando sus caracteres hasta hacerse dueños de la obra y después volaron, como los hijos. Siempre traidores, desagradecidos.

A los personajes no los volví a ver hasta este mes de septiembre de 2010, en el Teatro El Búho, Tacuarí 215, en la ciudad de Buenos Aires. Allí estaban, y allí siguen, aferrados como las alimañas a los cuerpos de tres magníficos actores: Cristina Dramisino, Miguel Ángel Villar y Julieta Fernández, con la complicidad de María Esther Fernández, Directora General.

Mirando pasar los trenes fue la obra ganadora del VI Concurso de Autores Nacionales, organizado por el teatro El Búho, cuyo premio consiste en la puesta en escena.

Dramaturgo y escritor
Autor de la obra Mirando pasar los trenes (Teatro El Búho)
y ganador del IX Premio Fray Luis de León de Novela 2010 (España)